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¿Vamos los dos?

¿Podemos ir a clases de baile en pareja?

Sí, y es de lo más normal. Lo que sorprende es que la clase separa a las parejas a propósito, y por qué eso es justo lo que hace que funcione.

Sí, y son muchos

Una parte grande de quien entra a una clase entra con su pareja. Es una de las razones más habituales para empezar: algo que se hace juntos, que no es cenar y que saca de casa.

Lo que casi nadie avisa antes es que la clase va a separarlos durante la mayor parte de la hora, y que eso no es un descuido de quien enseña.

Por qué la clase rota las parejas

En una clase de grupo se cambia de pareja cada pocos minutos. La primera vez incomoda un poco y conviene saber para qué sirve.

Guiar y seguir es entenderse con un cuerpo que no conoces. Si siempre bailas con la misma persona, se acaban entendiendo entre los dos —por costumbre, por dónde suele ir su mano, por saber ya lo que viene después— y eso no es lo mismo que saber bailar.

La prueba llega sola el día que uno de los dos baila con otra persona y no le sale nada. No es que haya olvidado el paso: es que lo que había aprendido era esa pareja concreta y no la propuesta.

Y tiene una ventaja práctica: con la rotación, si uno falta un día, el otro va igual.

Uno de los dos va a ir más rápido, y eso es lo que hay que llevar bien

Pasa casi siempre, y no tiene que ver con el talento: los dos papeles no cuestan lo mismo al principio ni avanzan al mismo ritmo.

La regla que salva más parejas es una sola: no corregir a tu pareja. Las correcciones las da quien enseña, que ha visto el fallo entero y sabe en qué orden se arregla. Corregir en mitad de la clase convierte una hora de baile en una discusión con música.

Es además la regla de la casa en cualquier social —no se da clase en la pista— y ahí se aplica igual entre desconocidos.

Cuando uno va claramente por delante, lo que funciona es que pruebe también el otro papel de vez en cuando. Cuesta entender lo difícil que es seguir hasta que te toca seguir.

Si sólo quiere ir uno

Pasa mucho, y no es un problema: en un social la mayoría de la gente ha llegado sola y se baila con quien esté. No hace falta pareja para aprender ni para salir a bailar.

Lo que no funciona es arrastrar a alguien. Quien va obligado no practica, no vuelve, y encima deja la sensación de que esto no era para ninguno de los dos.

Hay un camino intermedio que sale bien: uno empieza, y el otro se apunta cuando ve que se lo pasa bien. Ocurre mucho más a menudo que al revés.

Lo que sí se gana siendo dos

Hay con quién practicar en casa entre clase y clase, que es lo que más acelera: quince minutos de paso básico en el salón valen más que media clase repitiendo lo de la semana pasada.

Y hay con quién ir la primera noche a un social, que es justo la parte que más frena a quien empieza solo.

El objetivo, eso sí, es acabar pudiendo bailar con cualquiera. Una pareja que sólo baila entre ella se aburre antes, porque en una noche de social eso son tres o cuatro temas y luego dos horas de silla.

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